La emoción que sentía al ver sus textos era sólo comparable al absoluto pánico que tenía de sus propios sentimientos.

Hola, leyó.

Hola 🙂, contestó.

Estaré en tu ciudad la semana que viene.

Pausa. ¿La semana que viene? Antes que se pudiera controlar, empezó a buscar una lista de excusas para liberarse de la responsabilidad de verlo. Aunque fuera lo que más quería. Porque ERA lo que más quería. Actúa natural. Ni siquiera ha dicho que te quiere ver. Pero va a decirlo, ¿verdad?

¿Y eso?

Visito unos familiares.

Ah que fino.

Me encantaría verte.

Lo dijo.

Emma siempre había sido tímida. Bueno, no tanto tímida. Introvertida. MUY introvertida. Es que no había tenido buenas experiencias con las personas. Menos con los hombres. No era fea; en sus propias palabras era “normalita”. Morena, natural; no le interesaba estar a la moda, quería simplemente verse bien. Ella no decía qué partes de su cuerpo le gustaban, porque simplemente se aceptaba igual y ya. Pero sabía que igual levantaba. Pasa que hacía lo imposible por no hacerse notar. Si no la notaban, pues no la dañaban, ¿verdad? Lo había hecho hace tanto que ya olvidaba la cercanía a un ser humano. Y a veces lo extrañaba, pero no lo necesitaba.

Pero Esteban era distinto. Sólo lo había visto en fotos, hablado con él cuatro veces, pero texteaban mucho. Él vivía en Valencia, ella en Maracaibo. Se conocieron a través de Twitter, de todas las
cosas. Y fue él quien la siguió a ella. Se burlaban de los caraqueños, se quejaban del calor, hablaban de cine (las películas que coincidían, que eran pocas), de viajar. Al mes, le pidió su número. Le dijo que no. Otro mes más, se lo dio. Por alguna razón, él la hacía reír. Por alguna otra, ella le interesaba a él.

¿A qué hora llegas?

El viernes en la noche. Me voy el domingo.

El sábado es la fiesta de mi sobrina en Cabimas…

Qué frío.

Jajaja, sí vale.

Bueno, cenamos el viernes, o desayunamos el domingo, te parece?

No, porque me voy desde el viernes. No, porque el domingo mis papás siempre quieren desayunar con mis abuelos. No, porque hay un fantasma en el lago que no me deja pasar. No, porque me aterra terminar de enamorarme de ti.

Déjame cuadrar y te digo.

😦

No vale, en serio, sí voy a tratar.

Te conozco, Orozco.

Ese no es mi apellido.

….

Ay que gafa…

Lo dijiste tú.;)

Hace un año, los textos cambiaron de intensidad. Ya no eran tan inocentes. Total, ella tenía rato sin novio, él estaba soltero hace poco. Lo “hicieron” por texto. Fue intenso. Fue hermoso. Fue horrible. No podía esperar a repetirlo. Le mandó fotos pícaras. Él le escribía poesía que la excitaba más. Poesía, qué tal. Lo hicieron otra vez. Fue aún más aterrador, porque fue aún más intenso.

Al mes, dejó de escribirle. Él tampoco le escribió de vuelta. Dos meses después, él la llamó. Sólo quería saber cómo estaba. Pero no supo disimular la emoción en su voz al oír la de él, y tampoco ignorar la desilusión en la suya. Nunca le preguntó por qué le dejó de escribir. Ella no se lo dijo. Chau. Chau.

¿Dónde vive tu familia?

Por la 5 de Julio, sabes?

Sip.

Lejos de ti?

Más o menos. ¿Te quedas con ellos?

No, en un hotelcito, en la Bella Vista. El Cumberland.

Ah ya. Lo conozco.

Picarona.

¬¬

Hazte.

No me hago nada.

Ni huevos?

¬¬

No la llamó más por un tiempo. Pero se seguían leyendo en Twitter. Seguían comentándose uno que otro tuit. Un día le escribió que había soñado con ella. Sintió de nuevo el terror. Qué soñaste, preguntó. Que vivíamos juntos, pero no estábamos casados. En pecado, muérete. Ay que horror. Me desperté antes de llegar a la parte interesante.

Respiró profundo, ese día. Volvió a hacerlo hoy mientras lo recordaba, mientras lo leía, como lo leía entonces, sentada en su cama, ignorando mal el lejano calor que sentía en su vientre. No sé por qué sueñas tanto conmigo, le dijo cuando tuvo oro sueño. Si es la segunda vez. Pero igual me piensas mucho. Ah no, claro. No deberías.

Tardó mucho en responder. Por qué pues. Mira lo lejos que vivimos. Lo distinto que somos. Tú eres muy buen hombre y te mereces una mujer que siempre esté contigo. ¿En Valencia no hay con quien puedas hablar? Ah, es que quieres que no hable más contigo. No he dicho eso. Entonces qué dices. Digo que no veo cómo podríamos estar juntos. Yo tampoco, pero bueno… ahí está. Tú quieres una familia, yo aún no estoy lista para eso. Berro, E, cualquiera diría que te pedí matrimonio.

Se dio cuenta que había revelado más de lo que quería, su absoluto pánico de acercarse demasiado a alguien. En efecto fue algo inocente el sueño. Disculpa, Teo. No vale, tranquila. Pero no siguió hablando.

Un año pasó. Ella veía las fotos en Facebook. Empezó a salir con otra. Normalita, como ella. Pero catira en vez de morena. Aquí en la playa, aquí en la montaña. Aquí los dos con el perro de él. Él se veía feliz. Emma sonreía. Estaba auténticamente feliz por él. Pero lo extrañaba. Igual él le escribía de vez en cuando. Para saber cómo estabas. Gracias Teo, estoy bien. Ella salió con uno, dos chicos. La primera vez fue un desastre. La segunda, la pasó bien, pero no estaba apurada por repetirlo. Esteban se le aparecía cada vez que el segundo la llamaba.

Cuatro meses atrás, este tuit: “Mujeres, ustedes son lo máximo. Pero qué poder tienen para destruirlo a uno”. No más Facebook. Fue tanto que Emma pensó que lo había cerrado. No se atrevió a escribirle, pero se preocupó mucho por él. En especial cuando pasó casi una semana sin escribir nada en Twitter. Dos veces Emma agarró el celular para escribirle. Dos veces, no lo hizo. Hasta que un día, simplemente, otro tuit: “Vive tu despecho. Supéralo. Acepta que las cosas no se dan. Y bebe. Bebe mucho. #NoEsElFinDelMundo”. Y el siguiente: “Allá voy, Caracas; digan a sus malandros que no llevo nada y que se apiaden de mí”. Estará bien. Pero a ella no le escribió.

Qué haces?

Viendo Breaking Bad.

Se muere al final.

Mentiroso.

No te dije quién.

¿Quién entonces?

De verdad quieres saber?

No.

Ah bueno es

QUE NO QUIERO SABER

Pero igual se muere.

Eres un estúpido.

Todos tenemos que morir algún día.

Estúpido te dije.

Epa, que te digo en serio quién se muere.

¿Me vas a dejar ver mi serie?

Te estuviera quitando el control.

Necio, si será necio.

Jijijiji

Ahora no te voy a ver cuando vengas.

Tú te lo pierdes.

¬¬

Emma vio cómo Esteban empezaba a escribir más en Twitter. Descubrió Medium y lo usaba para desahogarse de todo lo que pasaba en el país y para echar una que otra historia. Su cuenta en Instagram se llenó de paisajes y animales que encontraba en la ciudad. Una selfie en Puerto Cabello. Otra con unos amigos. A veces aparecía una mujer con él, pero no era fija. No que a Emma le importara, se decía ella. Pero sí se daba cuenta que no le escribía. Y ella no le escribía a él. Eventualmente, ya no se acordaba de lo que sentía por él. Era como el recuerdo de un encuentro de una noche. Fue bonito, pero no duró. Adelante.

Pasaron 15 días. Algo le nació a Emma escribirle a Esteban. Sólo para saludarlo. Esteban le contestó de inmediato. Que bueno que me escribes, me estoy volviendo loco. ¿Más? Sí, más. No aguanto la soledad. Emma no supo qué contestar, y esa era la respuesta exacta que había que dar. Mira la edad que tengo. No soy un viejo, pero tampoco un chamo. No sé qué hacer con mi vida. Me siento muy mal, E. Ay, Teo… Emma sabía de la depresión de Esteban. Era ligera y no le amenazaba la vida, pero ahí estaba. Y a veces, le daba días como este. El día que ella escogió escribirle de nuevo. Desahógate, anda. Le escribió por más de 15 minutos, sin que ella dijera nada. Sólo hacía falta que él supiera que
estaba ahí. Al final, Esteban le dijo, Wow… Disculpa que te haya soltado todo esto. Tranquilo. Se nota que te lo estabas guardando. ¿Te sientes mejor? Un poquito. Me falta una sola cosa. ¿Qué cosa? Dime que me quiere, mamol. Será necio. NO. (Pero en realidad, estalló en carcajadas.) Anda mamol dime que me quere mucho. No le voy a decir nada. (Pero claro que te quiero.) No me ba desi nada? Carita triste. No. Yo no quiero a nadie. (Bueno, excepto a ti.) Carita llorando. Bueeeeno…. Igual,
gracias por calarte mis achaques. Eso sí es en serio. De nada, Teo.

Entonces nos vamos a ver.

Lo voy a intentar.

Entonces no nos vamos a ver.

No me presiones.

Entonces sí.

Pero bueno vale.

No?

No lo sé, necio.

Sabes que cada vez que me escribes “necio” te imagino diciéndolo así, afincando la “c”. Sonaría como NESSSSIO. Como buena cuaima.

Yo no soy cuaima.

Dicen todas las cuaimas.

Bien bello pues.

Gracias, y eso que no me he peinado.

Carita con la lengua afuera.

Qué tal Breaking Bad?

Más loca…

Sí lo es. Dame un ladito ahí para verla.

¿En dónde chico?

Ahí, en tu cama.

Yo me porto bien, lo prometo.

Bueno. Póngase ahí. Pero se me porta bien.

O:)

Tú eres tan gigante que capaz no cabes en mi cama.

O sea que estamos todos apretaditos, mameh?

(Le dio calor, de repente.) Que te portes bien.

Jajaja… Viste que sí se murió?

Aquí no se ha muerto nadie.

Seguro?

:-O

Te lo dije.

¡Nooooo!

A estas alturas, el sentimiento por Esteban llegaba al presente. Fue como un viejo amigo que a veces rompe la vajilla cuando viene de visita. Tan bien que estaba yo ignorándolo, se dijo Emma. Se despidieron. Sólo queda el día que viniera. Lo iba a ver. No lo iba a ver. Sí. No. No sé. No contesto.

Ese día al mediodía. El asistente se asoma. Ve a Emma conteniéndose las lágrimas. –¿Está bien, jefa?–, preguntó. Emma voltea. Lo ve. Ve la pantalla otra vez. –Búscame agua–, le dice. El asistente va.

“15 muertos y 10 heridos en accidente en la autopista Lara-Zulia”, decía el titular. Un autobús de Peliexpress perdió los frenos y se fue contra un árbol. Emma se dio cuenta que Esteban nunca le dijo por dónde se venía. Pero estaba segura que estaba entre los muertos. Pero no podía saberlo. Pero lo sabía. Se iba a volver loca. En ese momento se dio cuenta que no conocía a ninguno de los amigos de Esteban. Si algo le pasaba se iba a enterar por Twitter o Facebook. En ese momento deseó con todas sus fuerzas nunca haber conocido a Esteban. Ahora el dolor iba a ser mayor. Porque no la dejó; se lo quitaron.

El resto del día, Emma no pudo trabajar. Simplemente estaba encerrada en su oficina. Su asistente se asomó en algún momento a preguntarle si necesitaba algo. Emma sólo le dijo que no. No podía despegarse del celular. Ni dejar de ver la pantalla. Necesitaba que alguien le avisara. Cualquiera. Que le dijera qué pasó. Y claro, el sentimiento. Sí que estaba. El velo se había corrido. Ahora que quizá lo había perdido para siempre, Emma finalmente se dijo la verdad. Y nadie iba a poder saberlo.

Cuatro de la tarde. Nada. Ni un mensaje. Ni un tuit. Nada. Nadie que lo seguía lo mencionó. Limbo. Limbo completo. Emma no podía estar más allí. Necesitaba irse de allí, llorar. Llorar como no había llorado antes. Empezó a apagar todo, a guardar todo. Las lágrimas la estaban buscando; no iba a dejar que la encontraran aquí.

Suena el teléfono. No su celular, el interno. No quería contestar. Lo hizo igual. Mal hábito.

–Diga.

–¿Señorita Gómez? –El vigilante.

–Dígame.

–Aquí afuera un señor la busca.

Emma dejó de respirar. Le dio frío. MUCHO frío.

–Un tal… ¿Teo?

Emma colgó el teléfono. Se limpió una lágrima. Entendió. Sonrió. Se rió. Una segunda oportunidad.

La iba a aprovechar.

Un comentario en “De lejos, aquí al lado

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