—Tenemos que hablar.

Y así fue como la vida de Alberto se convirtió, sin él siquiera darse cuenta, en un cliché. Él siempre había dicho que las tres palabras que habían salido de la boca de Alicia eran las tres peores que un hombre podría escuchar. Nadie “tiene” que hablar, así como nadie “necesita” hablar. Es el mundo de la sabiduría Seinfeld: “tener” que hablar es señal casi segura que quieren terminar contigo. Y lo más grave, no hay nada que uno pueda hacer sino… una cita para hablar. Y eso es otro chiste. Estas “citas” consisten en un minuto de habladera de paja, cinco minutos de la parte que hizo la proposición explicando por qué “tenía” que hablar, y los siguientes minutos u horas pueden irse entre el delicado intento de convencer a la ex-pareja de desistir de sus intentos o un menos delicado agarre del orgullo para limpiar la mierda que ha quedado debajo de ellos y suplicar que reconsideren.

Alberto estaba decidido a evitar esto último, pero luego de tres años de aparente estabilidad con Alicia y aún más años que era él el que “necesitaba hablar”, sabía que nadie podía predecir eso. Además, una vez que se decían las terribles tres palabras, no es uno el que controla la situación.

Él dijo que la buscaría pues, y hablaran. ¿A las ocho estaba bien? “No”, dijo Alicia. “Yo te espero en McDonald’s, cuando salgas del trabajo”. Alberto se acomodó en su silla. Primera mala señal (o segunda, de hecho). Evitó la mirada de Helena, su vecina de escitorio, que por su cara se veía que sospechaba que algo no estaba color de rosa. Y el hecho que quería que fuera un McDonald’s, en vez de un café o algo…

—Bueno, está bien. Eeeh… ¿Estás segura?

Pausa. Ligero suspiro. —Sí. Te espero. Porfa, no llegues tarde, ¿sí?

¿Qué le pasa a ella? En tres años y tanto, Alberto había buscado a Alicia siempre a la hora, sin desviarse dos minutos. Era el raro caraqueño puntual. Fue la primera vez que se molestó en la breve conversación, y a pesar de todo le dio la bienvenida al sentimiento. Lo hizo sentirse un poco más en control. Pero no quería exagerar.

—Gorda, ¿qué te pasa? Sabes que voy a llegar a tiempo—. Pausa. —A pesar de todo. —Bueno, es por si acaso. Disculpa si te molestó. —No vale, tranquila, pero… ¿Cielo qué pasa? ¿Está todo bien?

Debió preguntar eso hace un mes, cuando veía que todo empezaba a cambiar: ella un poquito más ocupada, de modo que se veían menos, las conversaciones un poco más frías, los besos menos apasionados. Era como si tuviera una máscara que le tapaba ojos y orejas.

Pausa. Un suspiro, ligeramente pasado por agua. —No, gordo. No todo está bien. De eso te quiero hablar. Lo siento mucho.

Bueno, eso terminó de arrancar la máscara, con un añadido de pelos. Alberto sintió la primera verdadera punzada de dolor. Y cerró los ojos. Helena lo estaba mirando con mayor interés, pero trataba de no mostrarlo. Dios la guarde. Pero Alberto no estaba listo para ceder su orgullo. Miró al frente de nuevo.

—No te disculpes, gorda. Cualquier cosa hablamos ahora. Te amo, cielo.

Pausa. Otra vez. —Okey. Te amo-, se oyó. Corto y seco. Sin ningún nombre cariñoso. Ya Alberto no tenía rabia; lo que lo estaba lentamente suplantando era el dolor.

—Hablamos. Chao. — Y colgó. Alberto miró el teléfono como si estuviera tratando de pedirle que le contara qué cara tenía Alicia ahorita. Helena estaba sentada al lado con un cliente, pero seguía lanzando miradas furtivas al escritorio de Alberto. En él, el teléfono sonó, y Helena no pudo sino sentir lástima del respingo que Alberto dio. Alicia, pensó. Quiere terminar con él. —¡¿Señorita, usted me está escuchando?!—, gritó la señora que estaba al teléfono. Helena rápidamente volvió a lo suyo.

Alberto no había atendido el teléfono, que ya iba por el tercer repique. Reinaldo, el supervisor, le dijo desde su escritorio, en su acostumbrado tono burlón y juguetón:

—Alberto, si lo atiendes, te lo juro que deja de sonar.

Alberto no le contestó. Respiró profundo, y con su mejor voz atendió y dijo lo mismo que había hecho desde hace dos años: “Gracias por llamar a Movilnet, le habla Alberto Andrade. ¿En qué puedo servirle?” Mientras escuchaba a un anónimo quejarse porque no le llegaban los mensajes de su teléfono a su novia (novia… novia… novia… novia…), Alberto miró el reloj. 2:53. Le faltaban dos horas y siete minutos para (redoble de tambores por favor) encontrarse con su destino (entran trompetas). ¿En qué momento mi vida se volvió un cliché?, volvió a pensar.

Ese día, aparte de todo, ocurrió una primicia: Alberto salió más temprano de su trabajo. A las 4:55, le pidió a Reinaldo si se podía ir cinco minutos antes. Sí, vale, le dijo Reinaldo. ¿Todo bien? Alberto dijo que sí, que lo único tenía que resolver unas cosas y no quería esperar más.

—Imagínate, y cinco minutos te van a matar… Alberto se rió como pudo.

—Bueno, sabes como es todo. Mañana te llego cinco antes.

—’Magínate tú. Anda vete de una vez, coño.

Alberto se despidió de sus compañeros, pero una parte de él quería evitar a Helena. Era quien mejor lo conocía, y no tenía que contarle lo que le pasaba. Una parte le decía que si Helena le salía con uno de esos clichés (más clichés) tipo “Todo saldrá bien”, “Dios proveerá”, “Lo mejor es lo que pasa”, le arrancaría los ojos. Pero por supuesto que fue a ella, y por supuesto que la abrazó. Cuando se iban, Helena le apretó la mano y le dijo: “Llámame para que hablemos después.”

A las ocho, Helena estaba en su apartamento de Palo Verde, estudiando para sus clases de contaduría. Pero no se concentraba; pensaba mucho en Alberto. Eran amigos muy cercanos desde hace dos años, y era la primera vez que conocía a un chamo que no quería acostarse con ella. El hecho de que se veía de verdad enamorado de Alicia ayudaba. Por eso, sabía que si eso se terminaba, decir que le iba a pegar era decir poco. Muy poco. Y como si fuera una invocación, el teléfono sonó. Su papá atendió. Y le pasó a Alberto.

—Aló.

—Hola chamita.

—Hola, hermanito.

—Se acabó.

Coño. Así no más.

—¿En serio, chamito?

—Oh sí. Bien en serio. Bien, bien… —un momento de silencio, como si quisiera disimular las lágrimas (qué pasa, eso es lo que está haciendo)— …bien en serio.

—Qué vaina, vale… Lo siento, mi vida.

—Gracias por eso. Dios, qué cagada… Tres años y cuatro meses, pa’l carajo…

—¿Quieres contarme lo que pasó?

—No, pero qué carajo, aquí estoy. ¿Seguro que quieres oír la triste culebra en la que se ha convertido mi vida?

—No seas así, bobo, que sabes que sí.


Y mientras Alberto le contaba cómo, en medio de miles de disculpa, lo siento, no es culpa tuya y demás, Alicia terminó con él, eficientemente rompiéndole el corazón, Helena se traicionó a sí misma, pensando: Y ahora sí me vas a buscar, desgraciado..

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