Una vez, Alberto se encontró a sí mismo pensando en qué momento su vida se había convertido en un cliché. Ese pensamiento volvió con la misma amarga ironía. Hasta hace veinte minutos estaba por las nubes por su encuentro amoroso con Helena. Ahora había aterrizado con la fuerza de un Boeing sin tren de aterrizaje.

Había olvidado cuándo fue la última vez que vio a Alicia. Dios, se había olvidado de la última vez que había pensado en ella. Estaba entregado a su relación con Helena, y no iba a rumiar el pasado como mocho mirándose el tocón. Total, en ese sentido le había crecido un brazo nuevo, ¿no?

Pero ahora, ahí estaba. La que había sido el amor de su vida. Y en la peor situación que la había visto.

Alicia estaba vestida con un pantalón negro muy ajustado, y una blusa que sólo tenía frente, no espalda. Algo muy en el interior de Alberto se agitó como en recuerdo al ver la blanca piel de Alicia, pero en seguida se fue. Estaba sentada en la acera de Las Mercedes, por la zona de la Cueva del Oso. No hacía frío, pero temblaba de todos modos, porque estaba llorando silenciosamente. Tenía una marca roja debajo del ojo izquierdo que era demasiado parecida a un golpe para no serlo.

El shock de verla dio lugar a una profunda tristeza en Alberto. Jamás pensó que la vería tan vulnerable como hoy, siendo ella tan confiada en sí misma, tan alegre. Dios, que sea una tontería, pensó.


Llevaba casi un minuto simplemente viéndola, vidrios abajo, música apagada, y por supuesto un carro parado en la vía de Las Mercedes durante tanto tiempo no pasa desapercibido en la ciudad del estrés que es Caracas. El carro que estaba detrás, un destartalado Chevette, tocó su corneta, regresando a Alberto a la realidad. También sobresaltó a Alicia, y volteó hacia el origen del sonido. Antes de que Alberto pudiera hacer nada, sus ojos se encontraron.

En pocos segundos, los ojos de Alicia demostraron un arcoiris de emociones. Pasó de terror, a confusión, a incredulidad, a sorpresa, a vergüenza, a alivio y a tristeza con la velocidad del rayo. Alberto no se movió, estaba absolutamente aterrado, y la irritación del chofer del carro que tenía detrás aumentó. No sólo tocó corneta, sino que se asomó por la ventana y vociferó: “¡Muévete, m’ijo, despierta!”

Pero quien se me movió fue Alicia. Se levantó de un salto, y mientras empezaba a llorar corrió al carro de Alberto. Pareía una niña de siete años que se acababa de caer y corría a los brazos de la mamá. De hecho, en una forma muy real eso fue lo que hizo: en lo que llegó al lado del carro de Alberto, y le agarró fuertemente la mano, mientras le decía entre sollozos: “Beto, te lo pido por favor, sácame de aquí, te lo suplico, llévame a mi casa, llévameyaporfavortelopidoporlo queMÁSQUIERAAAS…” Habló tan rápido que lo último le salió como una sola palabra, a la vez que alzó la voz hasta un plañidero lamento.

Alberto la miró por exactamente dos segundos antes de abrir la puerta de su carro y decirle que se montara. El hombre del Chevette tocó su corneta una vez más, añadiendo algunos coloridos insultos encima para sabor. Alicia corrió para montarse. La cola avanzó más.

“Gracias, Beto”, dijo ella. No lo miró a los ojos; vergüenza, quizá. Alberto abrió la boca para preguntarle qué pasó, la cerró, y la volvió a abrir. Pero en eso oyó un hombre que la llamaba fuertemente. Al mismo tiempo, y Alberto nuevamente pensó en una niña asustada, Alicia se escondió acostándose sobre sus piernas. Ese “algo” se alborotó otra vez dentro de Alberto al sentir su boca tan cerca de sus partes íntimas, pero esta vez no esperó a que se alejara; lo espantó de un manotazo mental. Total, estaba demasiado perplejo para estar pendiente de más sexo. Y menos de Alicia. O al menos eso pensaba él.

El hombre que había causado la extrema reacción de Alicia salió de uno de los locales nocturnos. Parecía un galán de novela: pelo largo y lacio, camisa blanca y larga, chaqueta negra con una pinta de Casablanca que no se la quitaba nadie, y zapatos de marca parecida. Era alto, quizá le llevaba una cabeza a Alberto, bronceado, formado… y evidentemente tomado. “¡Aliciaaaa!”, vociferó. “¿Qué te hiciste amor? ¡Coño mamita perdónameeee!”

Alberto volteó, y vio que Alicia sollozaba en silencio. Volteó a ver al galancito, y fue cuando le vio una pequeña herida justo debajo del ojo derecho, que se notaba algo fersca. Por lo visto Alicia aún se daba a respetar, pero es evidente que había llegado al punto de quiebre.

“¡Aliciaaaaa! ¡¿Qué coño te hicisteeeee?!” bramó el galán. Alberto creía que lo conocía; pero, ¿de dónde?

“Beto te lo pido”, sollozó Alicia entre sus manos, “no sé cómo, pero por favor, sácame de aquí antes de que me vuelva loca…”

La cola no se movía con suficiente celeridad para eso. Y Alberto no tenía para dónde escaparse, pues era una calle de un sentido. El cruce más cercana estaba aún a 50 metros, hacia la prinicpal. Los dientes de la angustia empezaron a hacer su primer rasguño en alguna parte del corazón de Alberto. Algo le decía que si galancito se acercaba lo suficiente y veía a Alicia, las cosas iban a pasar de tensas a peores. Y para rematar, su celular vibró. Helena, seguramente, extrañada que no le había avisado dónde estaba.

Coño de la madre, ¿cómo me metí en este peo?, pensó Alberto. Y lo más importante, ¿cómo carajo voy a salir?

3 comentarios en “Reencuentro (II)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.