NOTA: Está escrito en primera persona, pero no es una experiencia propia. ES una mezcla de varias, más algunas que me han contado, ante las cuales he sacudido mi cabeza en incredulidad. Pero bueno…

OTRA NOTA: Esta historia debe tomarse como lo que es: algo ligero, humorístico y sin mala intención.

OTRA NOTA MÁS: Cualquiera que se sienta aludid@ en esta historia… ¡que por favor agarre consejo!

Les quisiera empezar a contar la historia de ese día con una nota profunda, pero es que me da tanta risa que no me sale. Claro, me río ahora, que soy un hombre de cuarenta años hecho y derecho. Pero juro que ese día pensé que iba a comprobar si lo que dicen los asesinos en serie más notorios –Jack el Destripador, Ted Bundy, el Unabomber– es cierto: hay personas que sencillamente merecen morir, o al menos sufrir en la medida que nos han hecho sufrir a nosotros.

Ustedes se preguntarán: ¿qué habrá vivido este hombre que algo albergó semejantes sentimientos dentro de él? ¿Un trámite en un Ministerio? ¿Un error en una nota de examen? ¿La odisea que es sacarse el pasaporte?

No mis amigos: salí con una mujer.

Ese solo comentario podría provocar sospecha, ira, o burla, o una clara furia por parte de ustedes que algún día lean esto. Pero pido que sólo déjense llevar por mi historia, y al final ya verán si tenía razón o no.

-oOo-

–Claro que saldré contigo, tonto. ¿A dónde me llevas?

La frase me había agarrado tan desprevenido que por un momento no supe qué contestar. Ella era hermosa, simpática, estudiosa –mucho de lo que yo no me consideraba. Bueno, hermoso no era, eso es seguro, quizá “no feo”…

–¿Robert? ¿Estás ahí?

Empecé a sentir una ligera ansiedad. Había querido invitarla a salir desde inicios del semestre. La veía caminando por todo el campus de la universidad cada mañana. No entendía cómo una estudiante de Derecho podía sonreír tanto, sabiendo como sabía por mis hermanos que la carrera en la Metropolitana era lo que era. Yo sé que los estudios de Psicología me tenían ya mal a mí. Así que no sé cómo logré siquiera llegar a hablarle, hace ya dos meses, y ahora la invité a salir, convencido de que me iba a decir que no, pero ahora me dijo que sí, y yo estaba ahí viéndola como un pendejo, habla animal, junta palabras, asiente, sonríe, di ALGOOOOO…

–No… ejem… no lo sé, tú dime…

Me sonó supremamente estúpido, pero lo rematé con una sonrisa que se sintió tan natural como un caballo de esponja. Pero ella levantó la ceja, y me dio una sonrisa propia. Yo sentí mis entrañas convertirse en flan.

–Bueno sí, supongo que estás aquí, bobote. Cuéntame, ¿a dónde vamos?

Me di cuenta que no había exactamente planeado la velada. Empecé ya no a sentirme inquieto, sino entrando en pánico. De modo que abrí la boca y no controlé mucho lo que dije. Sabía que iba a regresar y picarme en una nalga, como dicen los gringos, pero estaba demasiado nervioso para detenerme ahora.

–Bueno pensaba llevarte al cine, de repente a ver Milagros Inesperados

–Ay esa no es de miedo, ¿verdad? ¡Ay me da pánico!

No estaba demasiado seguro si lo era o no, pero como dije, ya estaba en piloto automático. –No vale, no creo. Bueno después de repente a comer, sushi, o pizza, tú me dirás…

–¡Ay sushi, Robert, sushi, me fascina!

–Y bueno, a menos que extiendan la noche otras doce horas a tu casa…

Demasiado tarde me di cuenta del chinazo y la lectura secundaria que se podría hacer de esa última parte. Ya, listo, cualquier buena imagen que tuviera de ti se fue por el bajante como la basura de una semana. La ofendiste, viejo, animal de monte, cómo coño se te ocurre decir esa VAINA

–¡O sea, quiero decir que… Bueno, que yo te LLEVO a tu casa, sabes… Y yo me voy a la mía, y bueno…

Sentía que en cualquier momento me iba a desmayar, o sudar como un cochino, o que la vena en la sien me iba a estallar.

Pero ella peló los ojos y rió como una niña. –¡No, claro, ni modo que voy a dormir en la tuya!

La idea me era muy atractiva por supuesto, y era una oportunidad perfecta para que un ser humano normal dijera algo gracioso, pero ya no confiaba en poder hacer un comentario inteligente. De modo que me limité a reírme del suyo y dije algo como “sí, claro, tienes razón…” Me sentía como el propio Hugh Grant en cualquiera de sus mejores películas.

–¿Entonces a qué hora me cojes?

Por un momento el shock me iba a hacer botar mis libros. Eso no fue lo que dijo, ¿verdad?

–¿Perdón?

–¿Que a qué hora me recojes?

–¡Ah! A ver… eh… ¿te parece como a las cinco bien? La película es a las siete y media, de repente podemos tomarnos un café o algo antes del cine.

–¡Ah chévere! Así si es muy aburrida no me duermo, jejejeje…

La idea de que la primera vez que saliera con esta mujer la llevo para un bodrio de película era algo que yo no quería ni considerar, menos ahora que estaba montado en el aparato. Así que le di mi risita de Hugh Grant, le confirmé su dirección, y listo. Había logrado invitarla a salir a pesar de mis nervios de carajito. Lo peor había pasado…

…¿verdad?

4 comentarios en “Ella: la invitación (I)

  1. Perro! Una no se imagina que para ustedes fuese tan difícil… supongo que también los tiempos han cambiado. Pero, en todo caso, el título de la película promete mucho para la segunda parte de esta blog-novela, así que estaré pendientísima a ver qué se te ocurrió llevarla a ver…Mientras no sea como Van Helsing, creo que vas mejor que otros… 😉

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