Alicia maldijo como no recordaba haberlo hecho cuando el despertador sonó. Era sábado, y se le había olvidado quitar la alarma. Le extrañó muchísimo, pues desde que no tenía que trabajar los fines de semana eran sagrados, y religiosamente desactivaba el que normalmente era su fiel aliado. Anoche no salió, llegó del trabajo, habló un rato con su mamá, chequeó su e-mail y se durmió, plácidamente, a las once. ¿Qué le pasó anoche?

Eran las 6:00 am. No tenía absolutamente nada que hacer. Se asomó a la ventana, y vio que ya había claridad. Iba a ser un día espectacular. De playa quizá. Eso la entusiasmó. Oye, buena idea, pensó. A ver si llamo a

Frenó en seco el pensamiento. Lo que la friqueó fue lo involuntario que había llegado a su cabeza, completamente automático. Y volteó al calendario de Miró que tenía en la pared de su cama para ver el día. Se odió a sí misma, no tanto por saber qué día era hoy, sino por como la hacía sentir. Hace un año exacto había terminado con Alberto. Y era la primera vez que había pensado en llamarlo.
Obviamente, una relación como la de ellos no se bota a la basura así como así; sí habían hablado una o dos veces desde que terminaron. Una vez fue porque Alberto la llamó, sólo para saber de ella. Ella le atendió con educación, tratando de no sonar demasiado fría, ni de demostrar lo mucho que la estaba afectando oírle la voz. Por alguna razón, lograron no discutir ni nada, y la llamada duró menos de dos minutos. La siguiente vez fueron unos meses después, que él la había llamado para pedirle un favor por un familiar de ella. Y el último contacto había sido hace dos meses, el día del cumpleaños de Alberto. Ella le había enviado un mensaje de texto, disculpándose que no lo llamaba porque estaba de viaje, pero que esperaba que lo pasara muy bien. El mensaje de respuesta que había recibido era lo bastante “él” como para pensar que en efecto le había alegrado saber de ella, pero como era el primero que le llegaba desde que habían terminado, Alicia igual sintió un respingón de tristeza al ver que faltaba el cariño de antes. Y esa fue la primera vez que se recriminó su estupidez — estaba segura que no quería volver con él, se quería concentrar en otras cosas en su vida, entonces, ¿qué tal si se dejaba de ridiculeces y se portaba como una mujer de 26 años y no una muchachita de 19?

Y ahora realmente había pensado en llamar a Alberto para ver si se lanzaban a la playa, como en los viejos tiempos, yupi.

El mal humor la estaba invadiendo, de modo que se paró de la cama para sacudírselo. Además, el día estaba como muy bonito para desperdiciarlo. No iría a la playa, sola no, pero el Ávila sería una muy buena segunda opción. Es más, lo podía agarrar de hábito. Bastante buena que me estoy poniendo como para no lucir esta figurita, se dijo, y el tono de sorna en su mente la hizo sentir mejor. Buscó su licra, y se metió al baño.


-o-O-o-


Rodando hacia Altamira (había considerado brevemente subir hacia Los Venados, pero la idea de hacerlo sola no le apetecía), Alicia sentía una extraña e inquietante mezcla de alegría y tristeza. Siempre había sido una mujer muy independiente, algo que le traía a veces frecuentes altercados, no sólo con Alberto, sino con todos los novios que había tenido, de modo que salir sola no era algo desconocido para ella. Pero la parte más sensible de su mente repentinamente se dio cuenta que no había salido prácticamente con nadie desde que su relación terminó. Sólo una vez le aceptó una salida a un compañero de trabajo, hace unas semanas, y había sido todo un caballero, pero tan falto de sentido del humor que lo aburría. Había considerado salir con un amigo de ella que tenía un año rondándola, pero era tan claro que lo quería por sexo que se asqueaba de su superficialidad, y lo estaba demorando desde hace rato.


Obviamente sabía por qué se había impuesto este celibato, pero era un asunto que no quería discutir consigo misma. Nunca había sido una muchacha particularmente sentimental, aunque tampoco se consideraba una mujer de piedra. Alberto había cambiado eso. Se emocionaba más, se reía con más facilidad, y no le gustaba hacer cosas sin él (lo cual no le impedía hacerlas). De hecho, ella una vez le dijo que si la muchacha de 17 años que ella había sido llegara a ver en lo que él la había transformado, quizá la cachetearía.

¿Era acaso por eso que había terminado por él? ¿Que no le gustaba en lo que la había transformado? ¿Demasiado dependiente, demasiado entregada a él? Ella se había convencido que simplemente lo dejó de amar, eso pasa… o que las cosas estaban saliendo mal por la falta de tiempo que tenían para dedicarse el uno al otro… o—


La irritación hacia sí misma estaba volviendo, y se cortó en seco con una sacudida en la cabeza. Pero eso, aunque acabó con su monólogo interior, le trajo un pensamiento nuevo, y lo inesperado y molesto que se escuchaba, francamente, la asustó un poco. Había pasado todo un puto año sin ponerse a pensar en esto, coño de la madre, ahora por qué carajo a mi subconsciente se le antoja empezar a analizar las vainas…


¿Pero qué rayos estaba pasando? ¿Todo esto nada más por acordarse de que terminó con Alberto hace un año? Alicia empezaba a sentirse realmente mal. Tenía que hacer algo por su vida. Aprovechó un semáforo, y empezó a hurgar rápidamente entre los CD’s que tenía en el carro. Había dos que Alberto le había quemado, claro, pero los pasó sin verlos siquiera. Encontró uno alegre de Los Adolescentes y lo puso. Ideal, música feliz, dinámica. Además, Alberto era más de salsa vieja y rock (tremenda combinación), de modo que eso la distraería algo. Perfecto. Ahora me compro mi Gatorade y se acabó.

Cuando se paró en una panadería por Los Palos Grandes diez minutos después, ya Alicia se sentía más tranquila. De hecho, hasta se concentró en las cosas que tenía que hacer en la semana. El olor de la panadería la engatusó tanto que se compró un cachito para comérselo cuando subiera. Nada sano, pero estaba demasiado bueno el olor.


Salió de la panadería, con un buen humor equivalente al día, ya sintiéndose más como ella. Cantaba la última canción, que oía, y hasta se sintió halagada —sin demostrarlo— cuando el cajero de la panadería la miró de arriba a abajo. Ahora sí, a subir Ávila, a ver querrequerres, a sonreírle a la vida. Prendió el carro, bajó el vidrio, y estaba por arrancar cuando vio un carro muy familiar pararse en una farmacia frente a la panadería.


No. No puede ser. No way.


Era algo como salido de la ridícula imaginación de un escritor. Una absurda historia escrita en un blog, o peor aún, en una telenovela de esas que ella tanto odiaba.

Y era inútil decir que no era el carro de Alberto, porque ahí estaba la calcomanía del Pato Lucas que ella le había regalado cuando le devolvieron el carro del taller. “Para que espantes la pava con alguien que tiene peor suerte que tú, mi rey”, le había dicho. Y se rió como si fuera chiste de Emilio Lovera.


Debe ser la mamá, que le pidió el carro para algo. O el papá. O la hermana. O su tía que vive en el coño de la madre.


Pero aún antes de que se abriera la puerta, Alicia sabía que se estaba cayendo a mojones. Era Alberto. Pero esa no era la sorpresa mayor. No, ella vino en seguidilla junto con otra.

Primero, Alberto estaba con una bermuda anaranjada y una franela sin mangas con un Pato Lucas rastafari en el frente, regalo de unos amigos que fueron a Barbados, y una gorra negra. Y sus cholas favoritas. Señal evidente que iba a la playa.


Segundo, del asiento del copiloto se bajó Helena. Alicia la había considerado inofensiva, a pesar de sus celos; de hecho, le caía muy bien. Había siempre sido muy buena amiga para Alberto, pero también había defendido a Alicia cuando Alberto hacía algo mal. Las raras ocasiones.


Helena sólo llevaba un pareo verde y una franela blanca corta. Muy corta. El piercing que traía en el ombligo destellaba en el Sol. Estaban yendo a la playa, sin duda. De hecho, a La Guaira, porque Alberto nunca iría a Higuerote a esta hora (ya eran las siete de la mañana). 

Seguramente iban a comprar algún bronceador o algo. Alberto le abrió la puerta para que Helena pasara primero, y cuando Alicia vio, primero, la sonrisa de agradecimiento (ay pero qué amable) de Helena, aunada al leve toque en el pecho de Alberto, y segundo, cómo Alberto no volteó para bucearle el culo a la niña cuando la tuvo enfrente (de hecho, cómo estaba haciendo un esfuerzo —no muy grande, claro— de no hacerlo), Alicia experimentó dos cosas simultáneamente: sintió un ataque de celos tan grande que sintió que iba a llorar, y nunca había querido tanto y de manera tan enferma estar desnuda con Alberto revolcándose —no haciendo el amor, revolcándose— en donde fuera. Allí mismo, si se pudiera.

Alicia se bajó del carro, desoyendo la voz de su conciencia que le decía que era una locura, que se dejara de vainas, y cruzó la calle sin importarle carros ni nada. Cuando entró a la farmacia, Helena fue la primera que la vio, y la cara de susto que puso la putica hipócrita yonofui casi la hace reír, pero Alicia no se ríe. Justo cuando Alberto se da cuenta de quién es la que acaba de entrar Alicia le ha lanzado lo primero que encontró, cree que es una botella de champú, y se lo pegó directo en la cara. Antes que reaccione Alicia se le lanza encima, primero noqueándola con un derechazo que haría a Tyson orgulloso, pero no es suficiente, se le lanza encima, gritándole perra, perra maldita, cómo pudiste, lo venías cocinando, apenas esperaste que terminara con él, puta de mierda, y Alberto trata de separarlas, la agarra, y Alicia casi que se viene en sus pantaletas, nada más porque lo haya tocado, pero es un maldito también, le voltea la cara con una cachetada, perro le dice, poco hombre, seguro que hiciste fiesta nada más terminamos, maldito, y ve que Helena está sangrando, y le cae a patadas, Alberto la agarra otra vez, el farmaceuta grita, viene un tipo de seguridad, Alicia grita, grita—

Alicia parpadeó. Estaba todavía sentada en su carro, agarrando el volante tan fuerte que sus nudillos están blancos. No puede creer lo que acaba de pasar por su mente. Se obliga a soltar el volante, y ve que se pone a temblar. Respira profundo, trata de componerse, y se pone las manos sobre los ojos. Cuando cree que ya se calmó, los vuelve a abrir.


Alberto y Helena salen, él con una bolsa en la mano. No están agarrados de manos ni nada. Él le abre la puerta del carro a ella, le sonríe “gracias”, él corre a dar la vuelta, y se va a montar.


Y se detiene.


Alicia involuntariamente se agacha, y contiene la respiración.


Alberto se voltea, como si algo lo hubiera llamado. Mira hacia los lados, y empieza a voltear hacia la panadería. Justo en eso, un carro se para delante del de Alicia y la tapa. Pero Alberto se queda mirando hacia adelante igual. Alicia lo está viendo, pero él a ella no. Pero está casi segura que él sabe que está allí.


Inseguro, como si se debatiera entrecruzar la calle o irse, Alberto termina montándose en el carro. Los pulmones de Alicia están gritando por aire, pero ella no respira hasta que ve el Mazda cruzar la calle.


Temblando de indignación, de autodesprecio, Alicia finalmente lo asume. Extraña a Alberto. No sabe si quiere volver con él o es que simplemente quiere que haga con ella lo que sólo él sabe hacer, pero lo extraña. Y lo extraña mucho. Como una niñita de 19, está encaprichada.


Lo único que puede hacer para evitar volverse loca es ponerse a llorar. Y Alicia llora. Llora como una niña. Llora en silentes sollozos hasta que siente que se secó por completo. Y llora, porque no sabe si va a poder volver a ver a Alberto. Pensar en eso la hace llorar más fuerte.


-o-O-o-


— ¿Qué te pasó, lindo?


Alberto estaba aún con esa extraña sensación cuando se iba a montar. Volteó a ver a Helena, y la incertidumbre pasó. Se volvió a sorprender —como le había pasado muchas veces en el último mes, que habían empezado a realmente salir— en cómo uno puede cambiar su percepción de alguien.


—No, de repente sentí algo raro… Casi que fue tipo la Guerra de las Galaxias… “sentí una perturbación en la Fuerza”…


Helena sonrió y arrugó la cara. — ¿Qué es eso, chico? ¿Cómo así?


Alberto sonrió. —Sabes, como si algo muy malo estuviera pasando… o algo burda de raro… o…


Volteó a ver a Helena. Lo estaba mirando fijamente, lista para burlarse. Alberto sonrió, pero creía saber en efecto qué fue lo que sintió. Y no le gustó. Creía que tenía algo que ver con el día, pero…


—Ay, Dios mío… el Beto se volvió loquitoooo….


Y ahí Alberto se rió. —Presiento que en lo que vea ese traje de baño nuevo, loco voy a quedar.


La sonrisa de Helena se mantuvo. Y ahí Alberto se olvidó de cualquier cosa que lo hubiera perturbado. Ese día iba a ser perfecto. —Ya veremos, Betico—, le dijo Helena. —Ya veremos.

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