La mosca se golpeaba contra el vidrio del carro con tal fuerza que sonaba como piedras cayendo sobre techo de zinc. Para Armando, sonaba como piedras en su cerebro. Y cada una parecía quitarle un poco más de su sanidad. Armando se hablaba a sí mismo, en un desesperado intento por calmarse. Estaba en su carro, luchando contra su pie, convenciéndolo de que no pisara el acelerador, convenciéndolo de que era inútil, igual iba a llegar tarde al trabajo. En ese momento se imaginaba como una versión más despreocupada de sí mismo, que se lo tomaba todo de lo más “light”. Relájate, viejo, le decía el “Light”, es preferible que llegues diez minutos tarde al trabajo que cincuenta años temprano al Cielo… si es que llegas, perrote, ja ja ja

La tensión en sus hombros aflojó un ápice. Se había estado acumulando allí desde que se dio cuenta que entraba en diez minutos a su trabajo que le quedaba a veinte de su casa. Como pudo se vistió y salió a su carro, con el fantasma del mal humor rondando por encima de su hombro, con la bestia de la arrechera agarradita de la mano. Prendió el aire, y el carro le dio un ligero temblor que enseguida desapareció. Odiaba ir en silencio en el carro, de modo que prendió la radio, pero a los cinco minutos se anunció una cadena. No gracias. Y ahora apareció la mosca en el carro. Y era constante, la pajúa. Tac, tac, tac…. tac… tac, tac…. No podía creer que se estaba amargando tanto por una pe’azo ‘e mosca. Pajúo tú, que no bajas el vidrio y la dejas salir…


Armando respiró profundo, y empezó a bajar el vidrio. Hace rato, por recurrentes cortos circuitos, cambió el sistema automático por uno manual, por muy arcaico que se viera. La mosca redobló sus esfuerzos —tac, tac, tac, tactactactactac— como apurándolo a que lo deje salir. Ya voy, coño… Agarró la manilla, y justo cuando se le salió de la mano estaba el “Light” diciéndole Viste, men… cosas pequeñas, todo suave, todo—- ¡CRAC! El vidrio apenas bajó unos milímetros. El aire entraba de afuera, pero no era suficiente para que la mosca saliera. Y la manilla se salió como si nunca hubiera estado bien sujeta a la puerta. Armando sólo tuvo tiempo de mirarla estúpidamente por un segundo. Justo antes de que, una vez rodada la autopista hacia su trabajo, veía el estacionamiento en que ésta se había convertido. La cola se perdía en el horizonte.

“¡COÑO!”, gritó, soltando la manilla y pisó los frenos. Si hubiera estado húmedo, su Corolla se hubiera montado sobre el Minicord que tenía delante. Pero había sol desde hace tres días seguidos, y el piso estaba bien seco. Los cauchos dejaron una ligera marca en el piso, y el Corolla se detuvo a unos centímetros del Mini. La mosca zumbó una vez en protesta — ¿es que acaso la oí gritar?— y se golpeó contra el parabrisas. Armando miró hacia adelante con una estúpida expresión compuesta de desconcierto, incredulidad y una sombría y creciente rabia. Cualquier posibilidad que tuviera de llegar medianamente a tiempo se esfumó como una vela en medio del huracán Katrina. Pero el “Light” seguía tratando de controlar la situación. Tranquilo viejo —le decía, y Armando encontraba divertido, a pesar de sí mismo, que esa parte de su mente hablaba como un negociador tratando de bajar a un suicida de una ladera—, tranquilo… llama al jefe, explícale, avísale que vas tarde… y todo fino.

Claro bolsa, tú no eres el que se lo va a calar, pensó, con una mueca de resignación. Agarró su celular y se dispuso a llamar a la oficina. Estaba medio rayado con su jefe, porque la semana pasada había llegado ya tarde un par de veces, una de las cuales no avisó. Iba ya a ser la tercera, pero su jefe siempre pedía que le avisaran cuando iba a llegar tarde. Al menos una. Marcó la oficina y se lo puso al oído. Una voz femenina demasiado familiar le habló.

—Usted no dispone de saldo suficiente para realizar esta llamada. Por favor…

—¿¿¿QUEEEE???? ¿¿Qué vaina es ésta???— Armando gritó. Y entonces se acordó que no había cargado saldo en un buen rato. La madre que parió a todos, esta vaina no me puede estar pasando…. Y mientras tanto, la cola avanzaba, sí, pero a razón de centímetros. A este paso llegaría una hora tarde. Y su amiga la mosca seguía dándose topetazos como una mini cabra voladora. Tac, tac tac tac, tac…. tac…. Y ahora Armando escuchaba los zumbidos. En ese momento en que el estrés le agarraba por el cuello como la mano de un zombie, el zumbido sonaba como un taladro de dentista directo en su cerebro: zzzzzzzzzzzzzzzzzz (tac) zzzzzzzzzzzzzzzz (tac)… Esto no podía ser bueno para su salud mental.

Chamo, tranquilo, relájate, ya se soluciona…. le decía el “Light”, pero el tono de preocupación en la voz hizo de todo menos calmarlo. Toda la frustración de la semana, cuanto pleito hubiera tenido, cuanta arrechera hubiera agarrado, todos estaban alimentando el estrés que tenía allí. Pero estaba decidido a no dejarse llevar, no iba a terminar de activar la úlcera. Se llevó las manos al cabello y se apoyó del volante, mientras respiraba profundamente. Oía a lo lejos —por Júpiter, quizá, o tal vez Plutón— una corneta insistente. Pero ahora se daba cuenta que la corneta no estaba tan lejos. Y ahora escuchaba voces: “¡Señor! ¡Señor, señor!”

OK, ya, me volví loco, pensó, y ese pensamiento, más que preocuparle, le agregó una cuota más a la arrechera. ¿Encima de todo, voy a parar al manicomio? ¿Con qué derecho? Pero como tanto voces como corneta seguían sonando, se dio cuenta que no lo estaba imaginando. Además, escuchó claramente: “¡Señor, señor, el del Corolla!” ¿O sea, es conmigo la vaina? Levantó la mirada para ver qué rayos pasó. A su lado izquierdo, se había parado por la cola un Ford K morado, o quizá fucsia (ay, mana… fuczia…me-ze-ZER, dijo el “Light”, con una voz afeminada, pero Armando lo ignoró), y al frente iban dos mujeres. ¿Mujeres? Niñas, más bien — la que manejaba tendría unos veinte años, la copiloto dieciocho. Su vestimenta decía mujer, ciertamente; escotes que no dejaban mucho a la imaginación. La piloto era rubia, aparentemente natural, la copiloto, de pelo castaño. Bajo otras condiciones, Armando estaría fascinado, un hombre de 28 abordado de esa manera por dos niñas bien maduritas.

Pero Armando en ese momento tenía el sexo muy lejos de sus prioridades. Era la copiloto la que estaba gritando para llamar su atención. Estaba prácticamente fuera del vidrio, que demostraba que tenía un top blanco, escotado y además con el ombligo al aire. El sol del mediodía tocó un piercing que llevaba en esa zona del cuerpo. Algo por las entrañas de Armando registró eso, pero fue aplacado por su creciente irritación. Cuando vio que le había llamado la atención, lo saludó con un entusiasmo demasiado grande para ser cierto. Y con una amplia sonrisa, la niña empezó a hablarle con una alegría de niñita.”¡Hola señor! ¡Señor, no se ponga bravo, señor! ¡Es sólo una cola, señor! ¡Ríase, ríase con nosotros!”

Armando la miraba con una expresión de incredulidad. Normalmente un tipo bien humorado, en este momento era el Grinch. ¿De verdad esta perrita esperaba que me riera y ya? ¿Y que le haga el juego? O sea, ¿qué le pasa? Muchacha del—

La piloto gritó, — ¡CUIDADO, SEÑOR!

¡TUN!

El golpe aventó a Armando hacia adelante. Como estaba volteado hacia la izquierda, el volante le dio de lleno en el cachete, que le envió un cohetón de dolor al cerebro. Se mordió la lengua. Y esta vez la mosca le pasó al lado del oído, pero no chocó contra nada. Él, en cambio, finalmente chocó contra el Mini por estar pendiente de las niñas del K.

No iba a más de cinco, pero el Mini estaba hecho de fibra de vidrio. Vio un ligero hundido y el stop izquierdo roto. Vio el conductor del Mini levantar las manos en el aire, y empezar a bajarse. Vio a la copiloto del K volver a meterse, con la boca tapada para reprimir una carcajada. Vio al tipo del Mini bajarse —era un hombre cuarentón, bien vestido, y ya tenía un celular en la oreja. Ese seguro no se preocupa por saldo, mardito, pensó amargamente. 
Y en eso, la mosca chocó directo contra su cabeza.

El “Light” intervino. O lo intentó, más bien. Viejo, quieto, no hagas lo que creo que vas a— “Vete bien lejos a la mierda”, Armando dijo, aunque fue más un gruñido. Y sintió al “Light” esfumarse como un espejismo. Ya no era la frustración de la semana; era la del año. La de toda su vida. La que estaba por venir. Algo en su mente se apagó como un breaker, y entonces Armando Suárez, 28 años, teleoperador, soltero, simplemente empezó a navegar por instrumentos.

El dueño del Mini estaba al lado. —Mira, amigo, ¿no crees que te deberías bajar a resolver esto?—, le dijo. Armando simplemente volteó y lo miró a los ojos. El hombre vio algo allí que no le gustó, porque su rostro se ablandó. Pero se mantuvo firme. Armando le dio una sonrisa de oreja a oreja, y mientras le seguía mirando a los ojos, abrió su puerta de un empujón que agarró al hombre completamente fuera de guardia. Lo tumbó al piso. — ¡EPA! Pero bueno, mijo, qué carajo te has—

El hombre vio a Armando bajarse del carro, y vio que le duplicaba en tamaño, tanto hacia arriba como hacia los lados, y empezó a balbucear. — ¡Mira, déjate de vainas, esto fue culpa tuya, para qué carajo me vas a dar, qué te pasa, hijo, relájate un poquito cálmate mano por favor NO ME PEGUES

—Cállate la jeta, idiota, ya vamos a hablar. Párate y espérame, gruño Armando.

El hombre no esperó a que se lo repitieran. Se escabulló hacia su Mini, y esperó a que esta pesadilla parara.

Armando, mientras, tenía muy claro su destino.

El Ford K sólo había avanzado unos metros. Michelle —la copiloto— estaba muerta de risa, pero de nervios. Erika, la piloto, estaba simplemente muerta de la risa.

— ¡Marica, lo hice chocar, o sea!— dijo Michelle, entre risas.

— ¡Chama que riñones tienes tú! ¡No puedo creer esta vaina!—le replicó Erika, limpiándose una lágrima.

— ¿Chama, se habrá arrechado mucho? ¡Chama yo lo que quería era jugar con él! ¡Lo veía tan estresado el pobre! ¡Y tan bueno que estaba!

— ¡No vale, qué crees! ¿Por qué se habrá arrechado? ¡No vaaaleee! ¡Lo que te debe querer es medio matar! ¡Si fuera yo—

—Para el carro.

Michelle gritó. Erika no tuvo tiempo, porque una enorme mano se le cerró sobre el cuello. Cuando volteó, vio al hombre del Corolla caminando al lado de su ventana. La risa se murió en un instante.

—Para el carro, coño— dijo.

— ¡Señor, por favor, esto fue culpa mía! ¡Yo no—

—Cállate la jeta. Para el puto carro. Páralo. ¡YA!— bramó.

Esta vez Erika acompañó a Michelle en gritar, y pisó el freno con fuerza. Michelle se pegó contra el tablero, y las dos empezaron a llorar.

El tipo se agachó al lado de la ventana, soltando a Erika. Ella no recordaba estar así de asustada. El examen que tenían en la universidad ya no parecía tan importante —ya lo que quería era borrar los últimos diez minutos y buscar a su novio en lo que llegara a la universidad. Si llegamos. El hombre ignoró las cornetas airadas que estaban detrás de ellos. Dios mío, ¿dónde está la policía cuando una la necesita?

Trató de mantener cordura. —Señor, en serio, lo que estábamos era jugando, no queríamos que—

—Tranca la jeta, carajita. Tú no querías, tú no pretendías, todo eso es paja. Tienes razón, era un jueguito, pero por tu maldito jueguito, mi carro se jodió y el de otro también. Y ustedes, de lo más bien gracias.

Michelle intervino, sollozando, —Señor… por favor… yo…

—Y a ustedes les sabe a MIERDA todo lo que los demás estén pasando en ese momento. Les voy a dar un consejo, carajitas: la próxima que se quieran hacer las cómicas, déjenlo para algún pajúo que esté como para esas vainas.

Se metió un poco dentro del carro. Erika le olió la colonia, ligada con sudor. En medio de su susto, pensó desquiciadamente, Esto es un hombre… Pero él ni la miraba ya. Tenía los ojos fijos en Michelle, quien en cambio, no quería siquiera voltear a verlo.

—Mírame.

—Señor… por favor… en serio que yo— balbuceó Michelle, entre lágrimas.

—QUE ME MIRES, CARAJO.

Michelle volteó a mirar al tipo a la cara. Coño, quién me manda a pajúa, pensó. Cuando miró a los ojos al tipo, lo que vio fue rabia intensa, rabia que esperaba no ver nunca. Erika, en cambio, no le quitaba los ojos de encima. Michelle en un instante volteó hacia ella y pensó, ¿¿¿Esta caraja se lo está BUCEANDO???
— ¡¿Me estás mirando, coño?!

Volteó de inmediato. — ¡Ay, sí, señor, sí!

— ¿Qué habrías hecho si yo tenía una pistola?

—Yo—

—Te hubieras MUERTO como una bolsa, eso es lo que hubiera pasado.

Volteó a ver a Erika. Estaba casi encima de ella, y Erika, en medio de su mezcla de sensaciones, se fijó en cómo su mirada se detuvo un instante en su escote. La miró a los ojos, y la misma rabia que vio Michelle la llenó de temor… pero también algo más. Leve y lejano.

—Lárguense.

Se paró, dio media vuelta y se devolvió. Erika se relajó. Michelle rompió en llanto por completo. Erika se limitó a manejar. Esa noche, cuando estaba con su novio, se imaginó al hombre de la autopista, poseyéndola con furia. Tuvo el más intenso de los orgasmos.

Cuando Armando caminó de vuelta al carro, sentía una extraña calma. La gente le tocaba corneta, reclamándole, mentándole la madre, gritándole loco ‘e mierda, pero él no las escuchaba. Sólo pretendía hacer dos cosas antes de resolver su choque. El hombre del Mini le dijo, no sin cierto temor: “Mire amigo, no es gran cosa, si quiere—”

— ¿Me podría prestar su celular, por favor?

Esta solicitud vino tan de ninguna parte, y fue hecha con tal ecuanimidad, tal educación, que el hombre parpadeó en incredulidad. Miró a Armando con extrañeza, como si esperaba que fuera una treta para que se descuidara y le volteara la cara, pero igualmente le dio su celular.

Armando marcó rápidamente el teléfono de la oficina. Le atendió la recepcionista de la compañía. “Irene, es Armando. Pásame a Walter, por favor.” En eso, recordó algo. Con el teléfono en la mano pegado a la oreja, fue a su carro. Se asomó en la ventana.

Y ahí estaba la mosca.

Justo en ese momento, su jefe estaba al teléfono. “¿Se puede saber donde carajo estás, mijito?”

Armando fue a abrir la puerta. La mosca se movía impaciente, como si supiera que iba a ser libre al fin. La sonrisa volvió a la cara. El hombre del Mini dijo luego a su esposa que esa no era la sonrisa de un hombre cuerdo. Armando le dijo a su jefe: “Walter, acabo de chocar el carro.”Su jefe. “Coño de la madre… ¿Y ahora qué vas a hacer?” Malhumor escondido.

Armando entreabrió la puerta. La mosca voló hacia él.

Sonriendo triunfante, Armando contestó: “Renunciar.”

Y metiendo el brazo, moviéndose a toda velocidad, aplastó la mosca contra el vidrio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.