“Wow, mira ese palo de agua. Mejor salgo a buscarte. 😉 ”

Por supuesto que había sido un chiste, algo simpático, pero lo recibió de manera agridulce. Los jueves no eran su día favorito y estaba menos abierta a sus ocurrencias, por mucho que le siguieran fascinando.

“No me emociones asiiiiii… 😥 😥 “, fue la respuesta. Le siguió una carita avergonzada, seguida de una andanada de besos y un guiño. Logró su cometido, y la sonrisa afloró, pero ya se acercaba a un año que esta era la única manera que recibía sus besos, y la desesperanza seguía queriendo entrar a su corazón.

Ese mismo corazón había dejado afuera al amor hasta que él lo obligó a entrar, no tumbando barreras sino derritiéndolas. Su mundo ya no era a colores sino varias tonalidades de gris, que sólo asomaba una paleta cuando estaba con su hijita. De resto estaba convencida que hasta las brochas habían desaparecido. Hasta que, él.

Ambos habían estado dando tumbos en la oscuridad que eran sus matrimonios sin saber de la existencia del otro, a pesar de tantas amistades en común que podían haberlos enlazado. No fue sino hasta que ella abandonó el país buscando mejores horizontes que el eterno lobby de hotel que es Facebook se encargó de unirlos. Un comentario en la foto de un amigo, un mensaje inocente, unos meses pasaron, y ya eran novios sin nunca haber compartido un espacio físico. Pero que nadie dudara que era algo real: los días de ambos no empezaban hasta que el otro lo arrancara con un “Buenos días”.

Los meses pasaban, y las mariposas en su vientre, largo tiempo dormidas, amenazaban con abrirla en canal cada vez que hablaban. Sus conversaciones la rejuvenecían, habían días en que simplemente se quedaba escuchando el cantar de las aves en el camino a buscar a su nena. Que de paso, al enterarse que su mamá tenía a alguien que la hacía más contenta que “papá” –así con comillas– no había tardado en conectarse, y ya eran mejores amigos. Él incluso empezaba a referirse a ella como “mi pajarita”. Y a ella había que levantarla con la proverbial cucharilla.

Pero el peso de la distancia, si bien no era el olvido, sí era el desespero. No era fácil saber que aquel que te hacía completo estaba del otro lado del mar Caribe, en una tierra donde la única promesa era que no se podía prometer nada. Le desesperaba sentirlo preso, le asustaba que le sucediera algo, le preocupaba que, aunque siempre le había demostrado la sinceridad de sus intenciones, simplemente se cansara. Aún la desilusión en el amor no se había desvanecido, y hoy que cumplían su primer aniversario –así sin comillas– el no tenerlo allí era una dura prueba.

Y ahora, la lluvia. Unas intensas horas de calor habían desembocado en un gran aguacero que al menos refrescarían, pero estaba atrapada en su trabajo. Le había enviado la foto del día, para seguir en contacto, pero la verdad era que lo daría todo, hasta lo que no tuviera, porque en efecto cumpliera su oferta. Pero los planes habían debido retrasarse por una u otra razón, por uno u otro obstáculo, y su frustración y la suya empezaban a meter la duda de nuevo en su cabeza.

De hecho… ¿No tenía un par de días que no le escribía con la misma frecuencia? ¿Cuándo fue el último mensaje de voz que le había mandado? Estas preguntas hicieron lo que el viento del norte no había logrado hasta ahora: un escalofrío recorrió su espalda, con una imagen de mariposas que no volarían más.

Su celular la sacó de su absorción, y el hecho de que era un número local que no conocía le agregó irritación. Lo último que necesitaba ahora era un telemercaderista tratando de prometerle lo que no necesitaba. Lo que necesitaba estaba en otro número. Otro país. Trató de no pensar más, pues las lágrimas amenazaban.

Un taxi frenó frente a su trabajo, y un gran paraguas salió por la puerta que se abría, tapando a su dueño. Lo único que le faltaba: un cliente tardío que no entendía los horarios del café, desesperado por ese clásico combustible de la ciudad que es el “lah-tei”, como lo pronuncian. Su mal humor aumentó otro nivel. Había estado pensando demasiado, sus emociones la estaban dominando. Lo necesitaba aquí. Hoy. Ahora. ¿Por qué no estaba aquí?

Sorry, sir, we’re closed“, dijo con cierta seriedad, al ver que el desconocido, vestido con un grueso sobretodo azul marino, jeans y mocasines, en efecto se acercaba a ella. Si hubiera sido en su primera patria, pensaría que venía con otras intenciones. No lo descartaba, pero ya no era su primera opción al pensarlo.

I know you are. I hoped you were“, respondió, aún sin revelar su rostro. Pero causó una reacción inmediata que la tomó por completo de sorpresa.

La voz le heló la sangre como si hubiera caído en el Mar Ártico. Su corazón insistía en salir de su pecho como un potro rabioso. Las mariposas se convirtieron en águilas, exigiendo salir a ver. Su cerebro no creía lo que sus oídos le acababan de decir: que la voz que durante un año había sido escondida tras todas las formas de tecnología de la comunicación que conocían, ahora le había llegado sin filtros, a menos de dos metros de ella. De hecho, se negaba a aceptarlo.

Ex… excuse me?“, tartamudeó, con una boca repentinamente seca como un desierto.

El desconocido que no era tan desconocido finalmente levantó el paraguas, y la voz encajó en el rostro como un rompecabezas. Y antes que ella corriera hacia él, preparada para cubrirlo en besos y lágrimas que salían de los dos lados, convencidos ambos que al fin la vida volvía a tener sentido y valdría la pena pelear, le dijo con su característica dulzura sarcástica, en perfecto español:

“Verdad que tú nunca contestas teléfono que no conoces”.

Y en un perfecto reflejo de su corazón, la lluvia cesó, el Sol salió, y en algún lado, un ave cantó.

Basado en una historia MUY real.

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