Me esperaba a Amílcar Rivero. Quien encontré fue a Luis Gerónimo Abreu.

Cuando me había llamado, se oía tan nervioso y tan empeñado en ocultarlo que estaba segura que era más feo que un carro por debajo. Así que cuando entré al local y vi que el único tipo que estaba sentado solo era, bueno, un papacito, pero papacito...

Me acerqué, saqué la sonrisa matadora y le toqué al hombro. El tipo casi se pega al techo del susto. Dios mío, estaba nervioso. Volteó, y me gustó la manera en que el escote del vestidito nuevo hizo su trabajo. Como por dos segundos miró a las “muchachitas”, carraspeó y se levantó.

–¿S-Scarlet?

Casi lo dijo en perfecto inglés. Wow.

–Sí, soy yo. ¿Andrés?

–S-sí. Mucho gusto, para servirte.

Y me dio la mano. Casi esperaba que me la besara. El cuerpo –y marica, EL cuerpo– era de 35, a lo mejor 40, pero entre la puka que llevaba al cuello y la actitud de nervios el chamo podría ser de 15.

–Mucho gusto, papito. ¿Llevas rato aquí?

–N-no, no, vale. Llegué hace poco. Me senté aquí en la barra, me iba a tomar un traguito antes que llegaras. ¿Q-Quieres algo?

Primera sorpresa: era un caballero. La mayoría que yo conozco quieren irse a lo suyo de una vez. Pero este me dio la mano y ya. Ni siquiera se había vuelto a sentar. ¿Está esperando a que yo me siente?

Se veía tan nervioso que mejor dejarlo que se relajara un pelo más. “Mmm, bueno, dale”, dije. “Una cervecita. Solera Light, que me tengo que cuidar”. Pidió las cervezas y bebimos un rato, hablando pajita. Me dijo que era contador, que subía al Ávila, que tal. Lo que más recuerdo es que me dijo que estaba bonita. Y le salió tan espontáneo, como si yo lo estuviera exigiendo. Estaba más que bueno; era lindo, linda persona. Por qué un tipo así estaba conmigo y no con la esposa –le vi el anillo–, no sé. Por qué YO estaba sentada hablando con él y no a lo que vinimos, tampoco.

Al llegar a la habitación, me dejó entrar primero. Eso me gustó, no sólo porque seguía siendo todo caballeroso, sino porque a mí me gusta desvestirme primero. Me excita que me miren desnudándome. Ya había entrado en modalidad negocio, y con este manguito más aún.

Entré, me volteé, y mientras él se quitaba la chaqueta, yo desabroché la traba del vestido y lo dejé caer. Pude sentir sus ojos deslizándose sobre mí como dos peloticas bajando una cuesta al instante. Sólo tenía la pantaletica, y esa era básicamente un hilito con un minúsculo triangulito de encaje negro.

Volteé para que viera que la maleta era tan bonita como el capó. –¿Te gusta, mi cielo?–, susurré. Sólo escuché un “mmm-jmmm”, como respuesta. Se quitó chaqueta, pantalones –y vi que algo se había hinchado por ahí abajo—y camisa… y en efecto, esa barriga parecía un Savoy. Dios, qué bueno estaba, parecía anuncio de revista. Me acerqué, y lo besé suavecito en la esquinita de la boca. Este besito va por la casa, pensé. Estaba temblando; más que molestarme, eso despertaba una ternura que me estaba costando disimular.

Le tomé las manos y se las coloqué sobre mis pechos, y me los empezó a apretujar, delicadito, mientras yo le acariciaba brazos que parecían hechos de madera. Y entonces hizo algo insólito.

Se sentó en la cama y se puso a llorar.

Esta sí era nueva. No supe ni cómo reaccionar. Me quedé ahí parada, mientras él enterraba la cara en las manos y jipeaba. Me dejó fría. Hasta me asusté un poquito.

–Disculpa– dijo después de un rato–. Es que estoy muy mal. Es la primera vez que hago esto. Sexo no, he tenido sexo desde los 17, pero nunca he tenido que pagar por él… Mi esposa… Ella está pensando en dejarme. Al menos aceptó ir a terapia, pero estoy tan asustado… Llevamos juntos quince años, los doce de novio y los tres de matrimonio. Coño, ahora me sale que ella no se esperaba que el matrimonio iba a ser así… Que esperaba más emociones… Se mudó a casa de su abuela hace un mes. Solíamos tener sexo todos los días. Ya tengo cojonera. Pero pana, no he estado con otra mujer sino ella desde hace quince años. Quince años. Ya puedo prender un fósforo en la palma de la mano derecha, no joda… Vi tu anuncio en qué sé yo qué página. Y no me aguanté. No me interesaba lo que pagara, había dejado de experimentar muchas vainas, y tú estabas… estás… buenísima. Pero ahora sólo puedo pensar en ella, coño, qué cagada… Lo siento… Qué imbécil me debo ver…

Una parte de mí me preguntaba por qué me estaba calando esto. Si éste quería una psicóloga, ¿no debía pagarle a ella mejor? Pero este era distinto a todos los clientes que había tenido: sabía a qué me dedicaba, a qué habíamos venido, y con todo y eso me había tratado como a una dama. Y con lo bueno que estaba, sólo necesitaba vestirse bonito e irse a un local para conseguir a cualquiera. Pero su primer impulso fue buscarse una prosti por primera vez en su vida, porque sólo quería vivir algo nuevo, sin olvidarse que tenía otra mujer en su vida.

Bueno, ya me descubrí como la puta con el corazón de oro, pero mi amor, puta al fin. Además, será él todo noble y tal, pero hasta donde sé, hombre es hombre. Pasa que a este hay que hablarle bonito.

Lo abracé y le di un beso en la cabeza y le levanté la cara para que me mirara.

–No te preocupes, mi amor–, le dije. –Tu esposa tiene muchísima suerte, y capaz ni lo sabe. Por qué te quiere dejar, quién sabe. Lo que sí sé es que mira, yo he visto a muchísimos hombres que no saben cómo tratar a las mujeres, por muy buenos que sean en la cama, y tú sí sabes.. De todo corazón espero que las cosas se arreglen, pero mientras, creo que te mereces que te traten como un rey. Porque eres de los buenos.

Esta vez le puse las manos en mis nalgas. –Si me lo permites, claro.

Lo pensó como por cinco segundos, se secó una lágrima, sonrió y…

Casi me dio cosa cobrarle. Casi.

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